La decisión del Tribunal Supremo de autorizar el enjuiciamiento de Garzón, por un lado, y anular las escuchas del caso Gürtel, por el otro, representan un golpe en toda regla a la Justicia de nuestro país. Una decisión de las mayores instancias de la Judicatura que va a dificultar, y mucho, el curso de dos procesos enormemente lesivos para la dañada credibilidad de nuestras instituciones democráticas.
Cuando están a punto de cumplirse treinta y cinco años de la muerte del dictador, nunca habían estado las instituciones democráticas tan desprestigiadas como lo están ahora. Nunca había habido tal distanciamiento entre la población y la mal llamada clase política. Ciudadanía y política viven cada una dentro de su propia lógica sin que las preocupaciones reales de la ciudadanía afloren rara vez a las páginas centrales de los diarios, y aún menos a los discursos de los líderes de los principales partidos políticos.
A ese terreno abonado por los corruptos y por la decisión, por acción u omisión de Partido Popular y PSOE de correr un tupido velo sobre los crímenes del franquismo, han caído como miel sobre hojuelas el paro y las estrecheces económicas de la inmensa mayoría de la ciudadanía, que han ahondado ,todavía más, ese peligroso distanciamiento con las instituciones. Eso que los modernos de ahora llaman desafección.
La decisión del TS hay que leerla en ese contexto y es eso lo que la hace más grave. Es como si un Tribunal alemán autorizara enjuiciar a un juez que tratara de investigar los crímenes pertrechados por el III Reich. ¿Esperpéntico, verdad? Nos parecería impensable que alguien en su sano juicio se atreviera hoy a negar el Holocausto. Pues eso es lo que está pasando estos días en nuestro país, con la complicidad cínica de Partido Popular y del PSOE que se amparan en el respeto a la división de poderes para eludir pronunciarse.
Pero no es menos grave la anulación de las escuchas como pruebas del caso Gürtel. El TS ha dado la razón a los abogados defensores que comparaban las escuchas con la tortura. Doble ración de cinismo. ¿Se imaginan que después de los ríos de tinta publicados, después de todo lo que ya conocemos a través de la prensa, que todo quedara en agua de borrajas por haber sido desestimadas alevosamente las pruebas del delito? ¿Sería posible tamaño escándalo?
No quiero parecer apocalíptico ni mucho menos, pero el único antídoto contra tanto atropello es la rebeldía. Necesitamos construir un amplio movimiento ciudadano de regeneración democrática que actualice los principios democráticos de nuestra constitución. Un movimiento que inicie una segunda transición dirigida por las generaciones que no votamos la transición y que libere nuestra democracia de los compromisos de silencio con el pasado.
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